En estos días estuve investigando a Molly Lewis para el programa. A partir de una suerte de derrotero pacmaníaco de links disparado por el arte de silbar, llegué a una nota que contaba que el silbo gomero había inspirado a Corneliu Porumboiu, director de cine rumano, para su thriller «La gomera».
Ya había estado viendo un par de anuncios de promoción turística de la isla La gomera, en Canarias, que se montaban en este extraño modo que tienen sus isleños de habitar la lengua. Porque el silbo gomero no es un idioma, sino una posibilidad más de lo que se puede hacer con un lenguaje: traducirlo a silbidos, en este caso. Busquen algún video en YouTube si les da curiosidad. Uno que me divirtió mostraba a un periodista en una suerte de desafío con dos silbadores. Le pedía a uno que silbara una orden que el otro debía cumplir (por ejemplo, tocar una piedra) y ellos demostraban que no ocurrían errores en la comunicación.
Hay una desconfianza latente ahí en que seamos capaces de descifrar algo que en principio, parece música. Pero -pensaba- ¿no es un poco parecido a lo que hacemos cuando escuchamos a un piano saltar o a un violín llorar o a una guitarra quejarse?
Molly Lewis es silbadora profesional. Cuando tenía 12, parece que quedó impresionada por un documental llamado Pucker Up, que retrata a los personajes que participan de una competencia internacional de silbidos en Louisburg, Carolina del Norte. La conmovió ese universo de bichos raros silbando, y descubrió que ella era buena en eso, así que en 2012, participó del certamen y no paró más de silbar.
Tiene colaboraciones con Mac DeMarco, Karen O, Father John Misty, entre otros músicos y este año editó un EP, The Forgotten Edge, con sus propias canciones.
Busquen el video de Oceanic Feelling, si les interesa, que recrea una escenografía muy kitsch y que tiene como coprotagonista haciendo un solo de saxo al actor John C. Reilly.
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